Fue un martes cualquiera. Estaba en el consultorio, otra vez, porque llevaba dos semanas sin poder respirar bien. Me revisó y me dijo algo que me cayó como balde de agua fría:
"Tu problema no es la mucosidad en sí, es que tus senos paranasales están bloqueados por inflamación. Los conductos de drenaje se cierran, el moco queda atrapado, se espesa y se infecta. Por eso vuelve siempre." Básicamente, mi nariz estaba bloqueada desde adentro.
Y mientras esos conductos siguieran cerrados por la inflamación, no importaba cuánto me sonara la nariz o cuántas pastillas tomara.
El moco seguía ahí, sin poder salir, pudriéndose.
Me lo explicó con una imagen que nunca olvidé: "Es como cuando en época de lluvias se tapan las alcantarillas de la ciudad. El agua no tiene por dónde salir, se estanca, y ahí es cuando todo se pudre y aparecen los problemas. Con tu nariz pasa lo mismo."
Eso explicaba todo: el dolor de cabeza constante, la presión en la cara, despertarme con la garganta llena de flema, sentir que respiraba por un pitillo.
Mi cuerpo no podía drenar solo. Y ahí fue cuando me habló de un enfoque completamente diferente.